ISIS: Atentados y porqués.

            Por Diego Mourelle
Twitter: @Diego_Mourelle

La venganza no es sinónimo de justicia ni mucho menos de eficacia. Parece una afirmación difícil de realizar tras los recientes atentados cometidos por Daesh en el centro de París o en el Líbano, sin contar el presunto intento fallido de Hannover. Con las sensibilidades a flor de piel, no han sido pocos los que han sucumbido a la erótica de combate, al sentimiento de que Europa está en guerra. Se argumenta la necesidad de que Occidente responda militarmente en territorio sirio bombardeando a los yihadistas de ISIS como medio para poner fin a su sangrienta existencia. De hecho, esto ya se está haciendo tal y como era de esperar. Tanto Francia como EE.UU. han iniciado los bombardeos aéreos sobre uno de los enclaves estratégicos de ISIS en Siria: Raqqa.  A esta coalición contra el terrorismo parece haberse sumado también Moscú, que ya llevaba un tiempo realizando ataques limitados a diferentes localidades sirias controladas por el ISIS. No obstante, creo que resulta sensato plantearse un par de cuestiones antes de entrar a valorar la adecuación o no de la intervención así como su modus operandi. Pongámonos en antecedentes y respondamos a preguntas vitales para entender el contexto en el que nos encontramos.



Orígenes recientes

La primera pregunta parece obvia. ¿De dónde surge el ISIS y por qué ha sido capaz de desarrollar una violencia que alcanza tales niveles de hiperterrorismo? La respuesta en este caso es bastante clara. De manera resumida, ISIS nace como resultado de una escisión de Al Qaeda encabezada por Al-Zarqawi, un ex muyahidín de Afganistán que huye a Irak tras la caída de los talibanes. Con la aplicación de la doctrina Bush y la desastrosa intervención estadounidense en 2003 en Irak se produce un vacío de poder que derivaría en enfrentamientos entre los insurgentes rebeldes enfrentados tras décadas de dominación suní bajo el mando de Saddam Hussein. El fracaso de la intervención ilegal en Irak, las ambivalencias de la Guerra contra el Terror (War on Terror) y la ingenua aspiración neoconservadora de introducir la democracia en los países árabes a base de cañonazos, sin duda fueron factores decisivos para explicar el posterior desarrollo de los acontecimientos. En el caso del War on Terror, un informe publicado por WikiLeaks en 2009 desvelaba que Arabia Saudita, uno de los grandes aliados de EE.UU. en la región, era el mayor patrocinador del terrorismo de diversas organizaciones sunitas. Organizaciones que en muchos casos sus socios del Pentágono decían estar decididos a combatir. Lo mismo podría decirse de otro aliado americano como es Pakistán. Sea como fuere, en ambos casos la guerra contra el terror se aplicó con un ojo tuerto para evitar poner en riesgo intereses nacionales en las relaciones con esos países. Con este trasfondo, el advenimiento de la Primavera Árabe iniciada en Túnez en 2010 y la Guerra Civil Siria sacudían más si cabe la inestabilidad de Oriente Medio, favoreciendo el fortalecimiento de diferentes grupos rebeldes y milicias por los territorios sirios e iraquíes. A su vez, las fracturas sociales entre chiíes y suníes se acentuaban al calor de tensiones con resultados cada vez más violentos. Basta con ver el cruce de ácidas críticas entre iraníes y saudíes con la tragedia del reciente aplastamiento de los peregrinos de La Meca para respirar un clima de crispación que se extiende por todo el polvorín de Oriente Medio.



Occidente en Siria

La política exterior occidental en Oriente ejecutada bajo el paraguas de los EE.UU. ha sido bastante ingenua por no decir desastrosa. Hay que pensar que en el intento por derrocar el régimen alauita de un criminal de guerra como Bashar Al-Assad, Occidente proporcionó apoyo en forma de armamento y entrenamiento a grupos rebeldes (resultaban ser terroristas en muchos casos) que se disputaban el poder en Siria. Generalmente, se solía hablar de armar a los rebeldes sirios como si se tratase de un único frente unido por su deseo mutuo de derribar al presidente Al-Assad, quien había utilizado armas químicas contra su propia población civil. Pero lo cierto es que Siria, país cuyos cimientos estatales se habían erosionado con el advenimiento del baazismo y donde el sistema Wasta además de diferentes estructuras tribales seguían poseyendo enorme influencia, era un nido de enfrentamientos entre los propios insurgentes. De esta manera, las luchas se siguen sucediendo entre diferentes actores como el Frente Islámico suní, Jabath Al Nusra (afiliada de Al Qaeda), el Ejército Libre de Siria que aspira a la creación de un Estado democrático secular (pero que además de no estar unido, operaba como grupos de batallones), las Unidades de Protección Popular Kurdas que aspiran a la autonomía kurda y, finalmente, el ISIS.



ISIS: La estrategias del hiperterro
rismo 

El ISIS es un actor no estatal que plantea una desgraciada revolución en la manera de hacer terrorismo. Y no solo por crímenes cometidos a gran escala y la propaganda hollywoodiense que hacen de los mismos. A diferencia de lo que hacía Al Qaeda, cuyo enfoque era expandir su visión del Islam de forma global, ISIS ha apostado por la estrategia opuesta. Su misión inicial se enfoca al mundo musulmán, donde lucha por conseguir el purismo religioso suní ultra-ortodoxo basado en normas de convivencia regidas por una interpretación muy restrictiva de la Sharia. Pero esto no debe confundirnos si creemos que su mirada no se dirige también hacia los países occidentales. Además, otra de las diferencias esenciales con respecto a otras organizaciones terroristas es que el Estado Islámico aspira a disponer y de facto dispone de una base territorial (en estos momentos sería de una extensión parecida a la del Reino Unido) con la que expandir un Califato Islámico liderado por Al-Baghdadi por lo largo y ancho de Siria e Irak, derribando las divisiones coloniales de los Acuerdos de Sykes-Picott de 1916. Con este objetivo y contando con los apoyos explícitos o no del wahabismo saudita —socio estadounidense de primera magnitud por sus recursos petrolíferos— y de las monarquías del Golfo, deseosos de una expansión del salafismo suní frente al chiismo de su rival iraní, el ISIS ha logrado articular una organización y estructura de mando muy eficaz. Esto también ha contribuido a obtener importantes victorias en ciudades clave como Mosul (Irak), donde el Ejército Iraquí chiita terminó desertando y huyendo en 2014, o en Raqqa (Siria). Estos son algunos de los factores que, junto al saqueo de bancos y cajas fuertes, le han permitido un desarrollo espectacular de sus recursos tanto económicos como armamentísticos. Pensemos que ISIS no es un grupo terrorista al uso sino que controla campos de petróleo en determinados territorios, cobra impuestos y posee un tejido organizativo sin precedentes. Todo este potencial se nutre con la radicalización de jóvenes en Europa y la permisividad turca en sus zonas fronterizas con Siria. Y por supuesto, en última instancia, el eslabón que falta y que más parece interesar estos días es el resultado final: los ataques terroristas.

ISIS

Copyright: Siegfried Woldhek

 

El atentado y las justificaciones para defenderse

Una vez descrito de manera muy general y seguramente incompleta dónde se origina, cómo se organiza, cómo se financia y en qué contexto se produce el crecimiento de ISIS se puede entender mejor la operatividad logística y el potencial de atentar que posee esta organización. París nos dio varias claves importantes. Nos mostró la exactitud y la coordinación de un plan que había sido cuidadosamente diseñado y ejecutado por yihadistas con experiencia en combate y en el uso de armas. Las consecuencias ya las conocemos: 129 fallecidos y decenas de heridos. Este acto fue considerado como una agresión a Francia, que declaró el estado de emergencia y cerró o al menos extremó los controles de sus pasos fronterizos. El paso siguiente fue señalar que estábamos en guerra y que la respuesta lógica era recurrir a la legítima defensa frente a lo que desde el Derecho Internacional se podría considerar una amenaza para la paz y seguridad internacional. ¿Es esto así? ¿Qué tienen que decir las leyes internacionales al respecto? ¿Cómo se plantea el ius ad bellum para esta cuestión?

Los argumentos legales que se venían desarrollando planteaban muchos quebraderos de cabeza para justificar con una base sólida la intervención militar contra el Estado Islámico en Siria. Una de las dificultades es que el ISIS no es un actor estatal y por tanto se cuestionaba la posibilidad de recurrir al art. 51 de la Carta de las Naciones Unidas para justificar el uso de la fuerza. También se planteaba que el respeto a la soberanía de los Estados y el principio de no injerencia son una norma perentoria del Derecho Internacional y que por tanto debe ser respetada. No obstante, existe un derecho a usar la fuerza de manera proporcional en casos de legítima defensa y también si existe una autorización del Consejo de Seguridad para intervenir ante la detección de una amenaza para la paz y la seguridad internacional. Lo mismo aplica en situaciones de estado de necesidad.

En el caso sirio, una de las principales dificultades radicaba en que no parecía haber acuerdo en las condiciones de consentimiento exigidas por el gobierno de Al-Assad para que se produjesen los ataques aéreos americanos y europeos. Tampoco es que parezca muy apetecible reconocer y respaldar al mismo dictador criminal que poco antes se quería derrocar y cuyas fuerzas fueron subestimadas al comienzo de la guerra. Algunos argumentaron que el ataque en Siria se podría basar en la auto-defensa colectiva del pueblo iraquí frente a los ataques transfronterizos, así como también en los principios de la intervención humanitaria, la defensa preventiva o la responsabilidad de proteger. No obstante, países como Rusia e Irán han manifestado su firme apoyo a Al-Assad para combatir al ISIS y es posible que si Europa y EE.UU. acaban cediendo y apoyándolo también, se desbloquee el Consejo de Seguridad con el fin de llevar a cabo una intervención militar en el territorio. ¿No parece tan sencillo el panorama, verdad? Este no fue el caso en Irak, cuyo gobierno sí consintió desde el principio la intervención de fuerzas occidentales en su territorio para luchar frente al ISIS, que ya cuenta con tropas en Faluya, a escasos 65 kilómetros de Bagdad.



Las reacciones a los atentados recientes: refugiados, odio e identidad.

Lo que el lector debe tener presente es que con este panorama, los flujos de refugiados son la consecuencia lógica del conflicto. Cada día, civiles de todos los rincones de Siria huyen del terrorismo que sufren a diario. Tras el último atentado en París, algunos países europeos anunciaron que no podían acoger a más refugiados alegando el riesgo implícito de la entrada de terroristas. Tampoco han tardado en producirse las confusiones tradicionales entre islámicos e islamistas y los comentarios que demuestran lo que a mi juicio es un problema terrible: la nacionalización del dolor. Escuchando y leyendo las reacciones que ha despertado el atentado de París he podido constatar que es la conciencia nacional o de identidad de la mayoría de los ciudadanos occidentales la que les hace reaccionar. No las víctimas en sí. Nadie parece inmutarse cuando los muertos son sirios, libaneses o tunecinos. ¿Por qué? Porque se carece de conciencia de especie humana. Por eso no se ven los atentados por el daño que causan en las personas sino a través de las lentes nacionales e identitarias que rigen el comportamiento de ciudadanos obedientes.

Lo más terrible de los atentados cometidos por el ISIS y cualquier otro grupo terrorista es que, aunque nos empeñemos en presentarlos como demonios monstruosos, son personas como usted o como yo pero con una diferencia crítica. Son personas que se han convertido en objetos fanáticos en lugar de sujetos. Y en ese sentido siento vergüenza de que el ser humano sea capaz de instrumentalizarse hasta tal punto por obediencia al dogma. En mayor o menor medida y con las obvias diferencias contextuales y circunstanciales en la práctica, este último es un problema que afecta también en los países occidentales. Insisto, los terroristas son personas (¡y ojalá fuesen extraterrestres para encontrar consuelo humano a sus actos!) pero eso es lo que da más vértigo. El otro argumento que he podido leer con frecuencia señala que resulta intolerable atentar contra una democracia. Bueno, yo solo añadiría dos cosas: la primera, el terrorismo es tan condenable e intolerable cuando se produce en una democracia como en cualquier otro lugar. Las víctimas humanas inocentes no se pueden jerarquizar por criterios nacionales, religiosos o de otra índole. Segundo, que las democracias a veces solo son democráticas puertas adentro, olvidando muchas veces tal condición en su política exterior. Creo que ni hace falta decir a qué y a quiénes me refiero.



¿Respuestas o preguntas?

Una vez dicho esto, ¿cómo enfrentar al terrorismo? Es evidente que no hay una respuesta única, final o sencilla. Pero lo que tengo claro después de analizar el contexto de los recientes atentados y sus antecedentes es que cuando se corta el tallo de una planta con violencia, no se evita que esta vuelva a nacer (probablemente con más fuerza e ímpetu) en el futuro. Eso se logra más bien dejando de alimentarla o atacando su raíz. Adaptando esta metáfora a la realidad que enfrentamos, tal vez, además de enloquecer de erótica de bombardeos, haya que pensar fríamente sobre cómo ahogar la mala hierba del terrorismo. Para ello hay que apretar la doble moral de países como EE.UU. y algunos socios europeos que se permiten aliarse con regímenes como el saudí o el catarí. Tal vez haya que pensar que las armas usadas contra ciudadanos europeos sean las mismas que hace no mucho eran facilitadas a los terroristas. Igual hay que pedir cuentas a los gobernantes que echaron gasolina a Oriente Próximo. Y a partir de ahí, lo que está claro es que el terrorismo no puede enfrentarse nacionalmente sino que exige cerrar filas globalmente para proteger a las personas. Intervenir en Siria implicaría tener que hilar muy fino y plantearse cuestiones desagradables: ¿Se tendría justificación para los civiles inocentes que se asesinarían como “daños colaterales” en los bombardeos? Si esto ocurre, como ya ha sido el caso reciente en bombardeos de ciudades sunitas iraquíes, ¿no se estará provocando que cientos de jóvenes se unan al ISIS frente al enemigo occidental? ¿Se debe apoyar a un criminal de guerra como Al-Assad?  ¿Todavía creemos que el mundo árabe funciona con las fórmulas occidentales? Estas reflexiones son difíciles de hacer y es indudable que plantean muchos dilemas. Está claro que se debe actuar frente a Daesh para no dejar que sus crímenes contra la humanidad queden impunes. Hay que perseguirlos, desarticular sus redes, ahogar su propaganda, cortar su financiación y contrarrestar su violencia. Pero esa complejísima responsabilidad es compartida por todos los amantes de la paz. La convivencia siempre es más difícil que el enfrentamiento. Pero si hay que combatir el terrorismo, usemos la cabeza. Porque el mayor favor que les podemos hacer es comportarnos como ellos quieren en lugar de actuar con inteligencia. Porque a diferencia de la actividad mental y parálisis que el terror persigue, ahora más que nunca debemos reivindicarnos como sujetos pensantes.

El genocidio armenio: Entre la amnesia y la amnistía

 Por Diego Mourelle
Twitter: @Diego_Mourelle

No es mal día para romper los candados de la utopía
Caminando por la voluntad de otra noche de la mano
Mirando al horizonte lejano, escuchando sus parábolas
Para secar las lágrimas que fluyen del corazón humano.

Es buen momento para enterrar el hacha de la obediencia
A la tierra común de los mortales, al cordón umbilical
Y suspirar, susurrar, al oído de nuestra historia: ¡No más!
Y entretanto, besar cada alma como si fuese nuestra igual.

La perplejidad ante determinados acontecimientos no se mide por el número de veces que ocurren, sino por la manera en que estos son capaces de escribir en fuego la memoria de las personas que los viven, los respiran y los exhalan hacia el futuro. El genocidio armenio es un gran olvidado en la historia reciente. Tal vez por los esfuerzos que se han realizado, cuidadosamente, para evitar su rememoración o para inducir el código genético político de la humanidad a una peligrosa amnesia colectiva (ἀμνησία, del griego “olvido”). Amnesia que se busca traspapelar entre los restos de una amnistía (palabra estrechamente relacionada con la amnesia, aunque con un matiz de perdón) programada. No en vano advertía Hannah Arendt de que la única manera de superar el pasado es narrándolo. Y no parece que Turquía esté dando un paso al frente para asumir su responsabilidad histórica con el pueblo armenio sino que, al contrario, está luchando por silenciar el derecho a preguntar, a hurgar en las vergüenzas de un régimen asesino.

Copyright: Aaron Spagnolo.

Copyright: Aaron Spagnolo.


¿Qué ocurrió con los armenios?

En las entrañas de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), un millón y medio de personas armenias fueron deportadas y muertas por orden expresa del Imperio Otomano y, más específicamente, del Comité de Unión y Progreso (CUP) o Ittihad ve Terakkí Jemiyettí. Sus integrantes se hacían denominar también los Jóvenes Turcos y ocupaban el poder desde su exitosa revolución de 1908 sobre las fuerzas leales a Abdul Hamid Il, conocido como el Sultán Rojo por su sanguinaria etapa al frente del Imperio desde 1876. La tragedia que se materializaría a partir del Garmir Giragi (Domingo Rojo) del 24 de abril de 1915, con el asesinato de un grupo de intelectuales armenios, abriría el cajón de la barbarie en una dimensión que serviría de base para el posterior desarrollo conceptual del término “genocidio”, propuesto por Raphael Lemkin en la década de los cuarenta.

No se debe perder de vista que la justificación para las persecuciones y el terrorismo de Estado esgrimida por Talaat Pashá, líder del triunvirato de los Jóvenes Turcos, era la supuesto alianza que los armenios cristianos habían establecido con el Imperio Ruso durante la Gran Guerra. En este sentido hay que entender el papel de la religión como un importante mechero de la desgracia, en tanto que los anhelos yihadistas del gobierno otomano chocaban con las afinidades religiosas ruso-armenias. Aprovechándose de esta tensión religiosa, el Comité Central del CUP utilizó el argumento de que los armenios representaban una amenaza para la seguridad nacional, permitiendo legalizar así cualquier deportación que fuese precisa. Pero este no era el único factor a tener en cuenta.

También conviene recordar el hecho de que Pashá era un firme defensor de prerrogativas de índole nacionalista que pretendían una plena integración de la península de Anatolia en los dominios otomanos. Estas intenciones ya habían quedado claras con las doctrinas panturquistas establecidas por los Jóvenes Turcos en 1910 durante un congreso celebrado en la localidad de Salónica. Y, sin ánimo de entrar en juegos de palabras macabros, los cabezas de turco fueron los armenios, acusados de traidores y exiliados por las fuerzas del Imperio. Exiliados en la terminología eufemística de aquel régimen, pues la realidad es que dichas estrategias genocidas se basaban en la deambulación sin descanso de las víctimas. Sin agua, y muchas veces obligados a marchar desnudos, los habitantes armenios de la zona de la Anatolia central eran soltados a su suerte en regiones desérticas de Siria como Deir El-Zor. En otras ocasiones, los niños, las mujeres y los ancianos armenios eran empaquetados como mercancías en trenes o caravanas que circulaban de manera ininterrumpida hasta hacerlos perecer por inanición, golpes de calor o asfixia. Durante las kilométricas marchas era frecuente la presencia violenta de los hamidiyes, una especie de caballería de origen kurdo y rama musulmana suní con rasgos mercenarios que se había constituido en 1891 bajo el mando del sultán Hamid Il. Asimismo, los escuadrones de matanza dirigidos por el médico Behadin Shakir acostumbraban a asaltar y quemar vivos a los deportados, si bien es cierto que los armenios del Norte también eran ahogados en muchos casos en el Mar Negro. Ni que decir tiene que las mujeres y niñas eran violadas, empaladas, torturadas y vendidas como esclavas en el mejor de los casos.

Si nos fijamos, este relato se parece bastante al que describe Arendt en su análisis sobre los hechos cometidos por las SS en diferentes puntos de Rumanía con la población judía, todos ellos recogidos de manera pormenorizada en su obra sobre los juicios a Eichmann en Jerusalén. La teórica política alemana añadía a estas tragedias algunos episodios tan aborrecibles como la exposición y venta de restos de cadáveres judíos en carnicerías de los guetos.

Extraído del blog de Ricardo Sánchez Serra

A cien años de distancia de aquel nefasto 1915, el gobierno turco de Erdoğan sigue negando que tales hechos puedan considerarse como resultado de un genocidio, y mucho menos que fuesen responsabilidad del antiguo Imperio Otomano, actual Turquía. Para ello no duda en recurrir al artículo 301 de la Constitución nacional, en la que se permite castigar las ofensas a lo turco. Lo cierto es que los testimonios de aquella época nos recuerdan todavía, al igual que ocurrió en el Ebro durante la Guerra Civil Española, cómo las aguas del Éufrates fluían rojas. Las persecuciones de la población armenia provocaron no solo matanzas indiscriminadas sino que, al igual que ocurrió con el pueblo judío, resultaron en un aumento considerable de la diáspora nacional. Este hecho no es novedoso para un pueblo que lleva viéndose forzado a abandonar las tierras del Cáucaso desde las invasiones mamelucas de mediados del siglo catorce. Tanto es así que en la actualidad, la mayoría de los descendientes de aquellos acontecimientos se encuentran dispersos por Rusia, EE.UU. y Francia, entre otros países.


Algunas reflexiones y preguntas abiertas

En definitiva, la conducta de aquellos que ejecutaron tales barbaries me hace plantearme varias cuestiones. La primera de ellas, ¿es posible que, tal y como se sugiere en el informe sobre la banalidad del mal, los verdugos actuasen por simple obediencia y sin ningún tipo de discernimiento moral? En un supuesto afirmativo, ¿no será que acaso los patrones de comportamiento se retroalimentan exponencialmente en tanto mayor sea el número de personas inducidas a los mismos? De ser así, habría que cuestionarse de manera mucho más radical hasta qué punto la debida obediencia sustrae a la razón su papel dirigente sobre la voluntad y el deber. Algunos experimentos de psicología social más que conocidos parecen revelar que, efectivamente, la conducta de las personas difiere en función de la compleja relación entre la individualidad y la vida colectiva. Tal vez por enseñarse antes a comportarnos que a pensar, obedecemos antes que razonamos. Los efectos que estas tendencias puedan tener sobre las formas de pensamiento en cadena propias de nuestras megasociedades son cuanto menos preocupantes. Las ideologías son aparatos al servicio del comportamiento, así como las religiones y los nacionalismos que indujeron a los otomanos a emprender el genocidio armenio. Los ejemplos de tiranía y barbarie que he ido describiendo son buena prueba de estos hechos.

Se plantea por tanto la necesidad de buscar una manera de evitar que se rompan los lazos democráticos y políticos que unen a los individuos entre sí y que hacen posible reconectar el cordón umbilical de la humanidad consigo misma. Otra posible pregunta abierta es entonces ¿cómo construimos sociedades más asertivas y a la vez menos edulcoradas? ¿Cómo contrarrestar las lógicas mesiánicas y tiránicas tanto colectiva como individualmente? ¿Dónde se sitúa la libertad humana y por qué nos instrumentalizamos para alcanzarla? En relación a esta última pregunta tal vez haya que plantearse una reflexión poco agradable de realizar: es posible que la libertad por sí misma no exista sino más allá de la eterna disputa asimétrica del hombre frente a la necesidad.

 

Al Norte del Paralelo 38

Copyright: Roman Harak

Copyright: Roman Harak

Por Diego Mourelle
Twitter: @Diego_Mourelle

Como si de la novela orwelliana 1984 se tratase, Corea del Norte ha construido un país hermético de puertas hacia afuera, pero eternamente vigilante en la mitad septentrional del paralelo 38. El culto a la personalidad del líder está omnipresente y desde la ubicación —desconocida para el mundo exterior— en la que se encuentra el Big Brother Kim Jong Un se toman las decisiones que han de acompañar los destinos de millones de personas en todo el país.

El control sobre la vida y la muerte simboliza la antesala de la barbarie. Las ejecuciones son frecuentes y los campos de trabajos forzosos se constituyen como el contrapunto de la imagen pretendidamente benevolente que el régimen trata de ofrecer al extranjero. Los abundantes retratos de los padres de la nación configuran el perfil de una secta trasplantada a escala estatal, donde la liturgia se apodera de la reflexión e impide ejercer un adecuado juicio sobre la realidad. Los individuos se tornan en engranajes al servicio de un utensilio mecánico que necesita ser engrasado con la sangre de sus manos. Y sin embargo, se intenta ofrece una imagen de mundo feliz, aunque sin lograr que de vez en cuando salten las costuras de esta falsa ilusión. Todavía me pregunto si a los norcoreanos les estará matando lo que odian, como daría a entender Orwell, o el placer forzado del que nos prevenía Aldous Huxley.

El adoctrinamiento martillea la conducta ortopédica de una población envenenada por el temor a las represalias. Shakespeare ya nos advertía en Hamlet de que la mayor seguridad se halla en el miedo. El militarismo, el estado de guerra continuo y la construcción de la amenaza nuclear son los manantiales de los que bebe el régimen para nutrir sus proyectos megalómanos y decididamente totalitarios. Bajo el paraguas de una presunta liberación frente al mundo imperialista norteamericano se cede a las más viles degeneraciones de la condición humana en nombre del fanatismo ideológico. Este es el caldo de cultivo para que prospere la miseria, el hambre y la vulneración de todo lo que el ser humano lleva dentro de sí, bien sea en forma de derechos, bien sea en forma de sueños, aspiraciones o pensamientos.

Mientras tanto, los servicios propagandísticos del régimen ejercen un desarme del sentido crítico de sus ciudadanos. Cuestionar el liderazgo de uno de los padres de la nación es el pasaporte hacia reprimendas más severas. Desposeer al ser humano del derecho a preguntar es uno de los tantos métodos para lograr la alienación y la sumisión. Hacer preguntas “malintencionadas” —hablando en plata, no adular al régimen— tampoco está permitido. De dejar claras estas cuestiones se encarga la subordinación y obediencia de un aristócrata catalán, Alejandro Cao de Benós, que se define como “un soldado más al servicio del régimen, dispuesto a salir en el momento que fuese preciso a matar a norteamericanos”. Este tipo de declaraciones son propias de un fanático frustrado, cuyas aspiraciones necesariamente han de pasar por encontrar su lugar en el mundo a través del apoyo de camaradas que, en sus propias palabras “le hacen sentirse conocido, querido y admirado”. Imagínense hasta qué punto es así que este personaje ha cosido su identidad a la bandera de la nación y a la idolatría hacia su infalible líder. Y como él, tantos otros ciudadanos también portan sobre su corazón con orgullo o resignación anestesiada el pin con el que se representan estos símbolos.

Creo que El Príncipe de Maquiavelo permite rescatar algunas reflexiones extrapolables al comportamiento de la élite de este país. Especialmente en lo que se refiere al pragmatismo del líder, a dos aguas entre la voluntad de ser amado y la necesidad de ser temido. La misma lógica impera en la dicotomía de la trampa territorial fuera/dentro en el sentido de que el paternalismo que se dispensa puertas adentro contrasta con la descarnada estrategia de Realpolitik hacia el exterior. So pretexto de la maximización del interés nacional a través del balancing, se excusa la utilización de la seguridad como el lenguaje para justificar la opresión y el control de los ciudadanos. Pero interpretar este código en favor de la libertad raya los parámetros de la utopía, especialmente cuando la melodía del poder puntea sus acordes al son de los toques de queda y las marchas militares.

El problema medioambiental chino

China es en la actualidad uno de los países que presenta mayores índices de contaminación en el mundo. Su condición de “taller del planeta” así lo ha permitido y los datos son muy esclarecedores al respecto. El 70% de sus ríos estarían contaminados toda vez que se están produciendo acelerados procesos de desertificación y contaminación del aire. Esta preocupante combinación responde, entre otros motivos, a los procesos de urbanización iniciados con Deng Xiaoping en las décadas posteriores al 1978 y a la incipiente industrialización del momento.

Además, en un país tan poblado, el número de vehículos de motor que emiten gases contaminantes a la atmósfera es elevadísimo lo cual, unido a la importancia del carbón como fuente de energía, explica la preocupante situación medioambiental del país. Los datos reflejados por el API6, (índice que mide la calidad del aire en diversas regiones) muestra la existencia de hasta cinco categorías o grados de contaminación del aire que oscilan tal que así:

https://www.flickr.com/photos/diegoituno/14861253303/in/photolist-oDeNRe-dRu5Sj-qHkHD2-dRu5V3-dRow36-59787v-ePg6uV-ia4wFE-8SRxG6-6rGPr7-4b4RDk-6rGSjs-56s8Jh-6rGRS7-56s9v7-nHsnSZ-6rGQh5-6rGPRY-6rGN9E-6rGNBu-6rGMEC-6rGMfL-6rCHjn-6rCGWn-6rCHHa-6rCFjR-6rCD5n-rJuUJq-qQ11Hr-dMi34Z-4SaG8v-bombR4-56nYQP-bb1pVK-dQU7Ao-56sa5L-56s8YU-eiAgfP-boSt2K-56nXHZ-7oK32c-6Q54CV-335Cen-JjhVk-56s9kS-4woNVu-56s9BA-56nYp4-56s9rd-9vTEN8

Copyright: Diego Ituño

  • Un estado excelente del aire (0-50 en el API).
  • Un estado bueno del aire (51-100 en API).
  • Contaminación leve (101-200 en API, que comienza a ser incómodo para los humanos).
  • Contaminación grave (201-300, que no resulta recomendable para personas enfermas).
  • Contaminación grave que supere la barrera de los 300 en el API, y que puede generar diversas enfermedades.

En China son muchas las regiones con importantes niveles de polución, especialmente en aquellas zonas dedicadas a la industria. Estamos ante una situación difícil de gestionar puesto que una disminución de la emisión de dióxido de carbono a la atmósfera parece ir ligado a una contracción económica considerable, algo que países como China entre otros no parecen estar muy predispuestos a acatar por el momento. Y me refiero también a otros países porque, si bien es cierto que la contaminación china es de las mayores del mundo, otros estados han demostrado no haber realizado los esfuerzos exigibles para lograr un desarrollo sostenible y respetuoso con el medioambiente (si acaso esto no fuese una contradicción en sus términos), incumpliendo los acuerdos del Protocolo de Kioto de 1997.

En relación a las zonas marítimas chinas, por ejemplo, se ha producido una disminución de la contaminación en los últimos tiempos aunque ello no implica que ésta haya cesado todavía. De hecho, en 2004, el espacio marítimo contaminado de fuerte gravedad era de unos 25.000 kilómetros cuadrados, lo cual supone una mejora de casi 1.000 kilómetros cuadrados. Sin embargo, resulta especialmente preocupante la situación de las zonas cercanas a la costa, donde el nitrógeno, el fosfato activo y el plomo son los principales ingredientes de esta severa contaminación.

El problema del medioambiente es una cuestión global, pues afecta a todos los países. Por ello es una responsabilidad común asumir una decisión vinculante para salvaguardar al planeta Tierra de las deforestaciones, la explotación de recursos mineros, petrolíferos, carboníferos, de las emisiones de dióxido de carbono, la desertización, la escasez de agua y su contaminación, el deshielo de los casquetes polares, el aumento general del nivel del mar y de las temperaturas, entre muchos otros efectos nocivos para la vida del ser humano y de su entorno. Es necesaria una concienciación a escala global y una actitud que se ajuste al principio de subsidiariedad en la toma de decisiones y en la ejecución de medidas para gestionar la problemática de la contaminación no solo en China, sino también en el resto del mundo.

En este sentido China se encuentra en una fase incipiente en lo que a legislación sobre medio ambiente se refiere. Algunas de las leyes más importantes que se han ido aprobando en las últimas décadas han sido la Ley de Protección Ambiental de 1979, la Ley de Promoción del Uso de Energías Renovables de 2009, algunos artículos introducidos en la Constitución y unas 427 normas introducidas entre 1996 y 2009. No obstante, como se ha comprobado anteriormente, los efectos de esta legislación han sido discretos y no han permitido todavía afrontar con garantías el problema medioambiental que se presenta en China.

A pesar de ello se han intentado desarrollar alternativas más ecológicas en los últimos años. En lo que a las energías renovables se refiere, es destacable la propuesta del biogás, un combustible barato, no contaminante y renovable que está teniendo gran éxito en las zonas rurales y campesinas chinas. También se está produciendo una mayor toma de conciencia entre la población de cara a la protección del medio natural, la fauna y la flora. Creo que este es un primer paso fundamental para poder remediar un problema que amenaza con provocar daños irreversibles sobre nuestro planeta, además de implicar, en consecuencia, un grave riesgo para el buen vivir de los seres humanos.

Diego Mourelle